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El encanto de Amsterdam para turistas y reporteros

La primera intención era que el título de este texto fuera ‘Amsterdam, la mejor ciudad del mundo’, pero se me habría visto demasiado el latón y habría quedado demasiado radical. Para ensanchar la base también había pensado en ‘Amsterdam, ciudad adictiva’ y explicar que yo voy una vez al año desde que hice un Erasmus en 1989. Pero me ha parecido un recurso demasiado fácil teniendo en cuenta la fama que ya arrastra. Finalmente, se ha quedado en ‘Amsterdam, ciudad libre’, que creo que es uno de los grandes disparos definitorios de la mejor ciudad adictiva del mundo.

Cuando yo vivía, decía medio en broma que si un día decidiera de salir a la calle desnudado y con el cuerpo pintado de color rosa, la gente no se escandalizaría. En pocos lugares de Europa detecto una cultura de la tolerancia y el respeto como Amsterdam. Es cierto que el 2004, el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en Amsterdam después de estrenar un film sobre el islam, y que la convivencia con la población musulmana tampoco es perfecta. Pero también es sintomático que otro cineasta y eminente espíritu libre como el británico Peter Greenaway se haya establecido en Amsterdam desde hace muchos años.

Una ciudad mítica

La cultura medio hippy y medio anarquista que durante la década de los sesenta arraigó con fuerza en Amsterdam todavía perdura, a pesar de que muy diluida por la presión del capitalismo global, la gentrificació y el turismo. Durante los años setenta y ochenta, okupas de medio mundo peregrinaban en Amsterdam porque los jóvenes decidieron pasar a la acción y ocupar masivamente edificios vacíos a una ciudad donde conseguir un pequeño apartamento podía implicar años de listas de espera. El movimiento okupa en Amsterdam tuvo gran fuerza política, los enfrentamientos violentos con la policía eran habituales y consiguió que la okupación fuera legal hasta el 2010, en que las leyes cambiaron. De todas maneras, hoy en día todavía restan vivos algunos edificios emblemáticos como el Vrankrijk, a la céntrica Spuistraat.

Enamorarse de Amsterdam es relativamente fácil. Los canales, los puentes y la arquitectura la hacen una ciudad de gran belleza. Si añadimos que muchos de los habitantes son jóvenes, rubios y guapos, y van de un lugar a otro en bicicleta trayendo un ramo de tulipanes al cesto mientras comen bocadillos de lletuga con queso, tenemos una ciudad aparentemente idílica y de postal. Amsterdam entra por los ojos y favorece el amor a primera vista. A continuación, miraré de ir algo más allá de la postal y los tópicos y explicaré cuáles son mis cinco rincones preferidos de la ciudad.

Más allá del Dam

A diferencia otras ciudades, que no tienen ningún centro neurálgico muy definido, o que tienen más de uno, como Barcelona y Berlín, Amsterdam tiene un centro indiscutible: la plaza del Dam, suyo del antiguo Palacio Real y de cualquier protesta, antigua o moderna. En el Dam siempre hay gente y bullicio, es punto de partida y de confluencia, lugar de encuentro y espacio ideal porque los turistas se estrenen en el difícil arte de esquivar tranvías y bicicletas.

A pocos metros del Dam, pero, hay un oasis verde de silencio: el Begijnhof. Es un gran patio interior en forma de jardín con césped y árboles, delimitado por una serie de bonitas casas construidas el 1346 para acoger una comunidad de monjas beguines. Allá hay, al número 34, la casa más antigua de la ciudad. Es de principio del siglo XVI y una de las dos que todavía quedan en Amsterdam con fachada de madera. Las fachadas de madera las prohibieron el 1521 porque se incendiaban demasiado fácilmente.

En medio del verde y la paz hay la Engelse Kerk (Iglesia Inglesa), que es donde las monjas iban a misa y ahora a menudo se hacen conciertos de música clásica. Cómo que después de la Reforma esta iglesia fue confiscada, las monjas unieron dos casas y el 1665 hicieron una capilla clandestina.

El Begijnhof es abierto de 9.00 a 17.00, la entrada es gratuita y la puerta de acceso, situada a Spui, bastante difícil de encontrar.

Mucho más que los coffee shops

El espíritu libre de Amsterdam también se hace patente en la legislación y la ciudad es famosa por haber legalizado la prostitución y el consumo de drogas blandas. Esto ha convertido el barrio rojo, a tocar de la estación central de trenes, en una auténtica atracción turística, en que gente de todas las edades, sexos y procedencias pasea mirando de reojo las prostitutas detrás los vidrios y husmeando el olor que sale de los coffee shops. Cómo que la cosa se ha ido un poco de madre, la tendencia los últimos años ha estado de restringir la permisividad de la legislación y unos cuántos de estos coffee shops han cerrado la puerta. Cada fin de semana, pero, centenares de jóvenes alemanes desembarcan en Amsterdam con ganas de fiesta y aumentan la tradicional poca simpatía de los holandeses hacia sus vecinos.

En todo caso, está bien sacar la nariz y ver el espectáculo, pero no hay que viajar desde una ciudad donde cada día abren nuevos clubes de cannabis como Barcelona hasta Amsterdam para probar hierbas curanderas. Tampoco la visita en la fábrica de cerveza Heineken aportará mucho más que una larga cola al visitante. Mucho más recomendable es hacer una escapada a la cervecería ‘t IJ, cerca del zoo y junto a un pintoresco molino. Si el tiempo acompaña se puede sentar a la terraza y pedir una degustación de los diferentes tipos de cerveza artesana que producen, que se puede acompañar de un plato de quesos o de embutidos. Fruto del éxito, la cervecería ha abierto este verano un segundo local en el emblemático Blauwe Theehuis del gran pulmón verde de la ciudad, el Vondelpark.

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